Capítulo 1

 

Esa mañana, un camión cargado de cajas y muebles llegó ante el número trece bis de la calle Uría.

El señor Valera, que miraba a la sazón por la ventana con sus prismáticos, como todos los días desde que se jubilara, rápido se percató de la novedad. Apuntó al objetivo y ajustó las lentes de aumento para no perder detalle de los nuevos vecinos.

Acompañando al camión de mudanza, venían, en efecto, tres individuos de aspecto extranjero; es decir, mostraban en sus rostros la palidez sonrosada que proporciona la sangre eslava o quizás nórdica, y, en sus cabellos, diferentes tonos de rubio, salvo uno, que era pelirrojo, como los irlandeses de las películas. También eran mucho más altos que la media del lugar, incluso la única mujer del trío, que parecía comandarlos con la sola indicación de su mirada, también proveniente del hielo, por azul y penetrante.

Se centró en ella. Vestía de manera discreta, con ropa deportiva (unos jeans, parka y botas altas), aseada y sin arrugas, con pulcritud. El maquillaje también era muy leve, indicación de que aún poseía suficiente juventud como para no tener que ocultar imperfecciones. Valera le echó unos treinta, pero quizás fueran menos.

A su lado, tenía al pelirrojo, un joven delgado, chupado de cara, pero con esas facciones cuadradas tan cotizadas entre los modelos. No, no le faltaba atractivo, pese a los ojos pequeños y un poco rasgados, y a las incipientes entradas en el cabello. Seguro que era de los que volvían locos a las chicas con su hoyuelo en la barbilla y su sonrisa encantadora.

El tercero le sonaba. Estaba seguro de que se había cruzado con él en el portal al menos dos veces en los últimos meses, una de ellas, creía recordar, antes de fin de año. Como para olvidarlo: era gigantesco, todo hombros, espalda, pecho y músculos. Podría haber sido levantador de peso o guardaespaldas. Sí, eso le hubiera sentado mejor: miraba atravesado, bajo unas cejas muy peludas y salvajes, y greñas de color rubio ceniza. Hasta los operarios que descargaban el camión parecían alejarse de él como atemorizados. Tal vez era músico de heavy metal, de incógnito, por supuesto.

Valera tomó la pluma y la libreta donde tenía su diario y empezó a anotar la llegada sin olvidar detalle. Sin embargo, a los pocos minutos, le dio otro acuerdo.

A toda prisa, se puso el abrigo y la gorra campera, y bajó al portal por las escaleras, como siempre hacía para no perder la forma física.

Por el camino, se topó con el trasiego de muebles. El olor a sudor impregnaba el aire. Los operarios, vestidos de azul desvaído, disimulaban su cansancio con expresiones neutras, mientras hacían esfuerzos por no golpear con un piano vertical las paredes de mármol, decoradas con motivos art-decó, o no rozar las barandillas de hierro forjado, o los pilares de acero que adornaban el hueco de la escalera. El edificio era patrimonio artístico, y recibía subvenciones por ello. El presidente de la comunidad, Benjamín Lacasa, un hombre calvo, sanguíneo y bajito, mofletudo y sonriente, que también había salido al rellano del tercero al escuchar el ruido, les advertía con tono severo del valor de la arquitectura y de la necesidad de no dañar ni un centímetro de las paredes. Valera le preguntó a uno de los chicos a dónde llevaban los muebles, pero este resopló en lugar de contestar. No fue necesario; sobre el piano había una etiqueta que rezaba: sexto piso, número trece bis de la calle Uría.

“Aficionados a la música, qué horror”, pensó Valera, sin dejar de descender los escalones: tendría esa orquesta en el sexto, justo encima de su cabeza.

Al llegar al portal, vio que la joven y sus acompañantes se disponían a entrar en el ascensor de jaula. No se lo pensó. Se golpeó en la frente, como si hubiera recordado algo de pronto, y dio la vuelta. Antes de que ella cerrara la reja, se coló dentro.

—Buenas —dijo, algo amedrentado por las miradas de extrañeza de los recién llegados—. Se me olvidó el paraguas, qué desastre.

Ellos no respondieron, pero la mujer esbozó un gesto de resignación. Quizás no era la primera vez que se topaba con un vecino chismoso e impertinente.

Valera presionó el botón nacarado, con el cinco dibujado encima. En realidad, era una guirnalda vegetal en forma de número, como las que lucían el resto de los botones. El ascensor se sacudió un poco e inició su chirriante subida por el hueco.

—Es muy bonito, pero poco práctico —explicó él, a su apático y poco interesado público, refiriéndose al ascensor—. Cualquier día se cae y se lleva a alguno por delante.

La mujer volvió a forzar una mueca que ni siquiera parecía una sonrisa, dejando entrever unos dientes afilados, pero no del todo inquietantes.

Valera, entretanto, no perdía de vista los movimientos del fortachón del grupo, que se sacudía el cabello cada pocos segundos. Bastó un breve vistazo para corroborar que llevaba un aro en la oreja, igual al de sus compañeros. Ahora, por cierto, al tener tan cerca a la dama, podía ver con claridad que tenía grabado en él un ocho acostado en forma de cinta de Moebius, como el símbolo del infinito.

— ¿Se van a trasladar al ático? —inquirió Valera, en un tono dulce, para no resultar molesto.

—Sí, en efecto —respondió, por fin, la joven. Tenía un acento muy leve, cantarín e inidentificable.

—Desde que vivo en este edificio nunca hubo ningún vecino en el sexto. Y ustedes, ¿son familia? ¿Vienen del extranjero?

La mujer abrió la boca para responder a la lluvia de preguntas, pero en ese momento el ascensor se detuvo en el cuarto, con un brusco frenazo, seguido de una sacudida, que hizo resonar toda su estructura metálica, ya muy ajada, pese a los cambios de maquinaria a lo largo de las décadas.

Al otro lado de la reja, estaba la señora Elvira, una sesentona de blancos y recogidos cabellos, ataviada con un chándal rosa, que llevaba un gatito persa en brazos. Apenas la desconocida rubia dirigió sus ojos hacia ella, el gato comenzó a bufar; en un segundo, se le revolvió y la arañó, tratando de huir. Elvira también gritó, y luchó con el alterado animal, hasta que este saltó hacia el descansillo y echó a correr escaleras abajo como si llevara fuego en la cola.

—Ay, Dios, mi Petite Princesse, ven aquí, desgraciada, qué demonios te pasa —se oyó decir, segundos después, a la señora, que, algo rolliza, caminaba con dificultad hacia las escaleras, en pos de su mascota.

Tras unos segundos de silencio, el ascensor continuó su avance. Valera tenía el entrecejo fruncido, y miraba con recelo al trío, que, incluso tras el incidente, seguía serio y con expresión granítica, sin decir palabra. No se atrevió a comentar lo sucedido. Los ojos azules de la nueva vecina se habían posado sobre él. Eran como de cristal, de tan perfectos y brillantes, o puestos a buscar comparaciones más atrevidas, como los de una serpiente.

Cuando llegaron al quinto, se despidió, dándole un toque a la visera de la gorra. Por algún motivo inconcreto, varios escalofríos le flagelaron la espalda. En el ascensor parecía hacer más fresco que fuera.

—Bueno, pues bienvenidos. Supongo que nos veremos con frecuencia. Es un vecindario muy agradable, salvo excepciones. ¿Vienen para mucho?

—No, no para mucho… —respondió la mujer, escueta y susurrante, antes de que el ascensor volviera a ponerse en marcha con sus característicos crujidos metálicos. Y, entonces sí, sus acompañantes rompieron la expresión pétrea para dejar salir una sonrisa como de aprendices de sádico.

Valera regresó a su piso, el quinto A, y corrió al despacho donde guardaba diarios, fotos y demás informaciones recopiladas sobre el vecindario. Tenía una mesa entera llena de documentos, y decenas de post it amarillos pegados en un tablón de corcho, contrapunto de las pilas de libros de variadas disciplinas que hacían combarse las baldas, asimétrica y caóticamente distribuidas por la pared. En uno de los frontales del mueble-biblioteca yacían todos los tomos de la enciclopedia Espasa, algunos con la encuadernación deteriorada, de tanto manosearlos. Su difunta esposa había tenido la debilidad de abrir a los vendedores de libros, enciclopedias y colecciones, y de escuchar su cháchara mercantil; y la mucho más perniciosa de encargar las obras que le ofrecían aquellos gentiles caballeros y señoritas de sonrisa imperecedera. Ahora agradecía que hubiera sido así, puesto que eran para él fuente inagotable de información. Buscar en Internet nunca había sido su fuerte.

Desde que hacía un año lo echaran de su puesto de jefe de sección en la Consejería de Administraciones Públicas, aún en plenitud de facultades, como él decía, ocupaba las horas de ocio levantando acta de la vida cotidiana de las personas que habitaban aquel inmueble. Se le había metido en la cabeza que podría escribir un libro monumental sobre sus vecinos (no tanto como los tomos de la Espasa), piso por piso, vivienda por vivienda, al estilo de George Perec en La vida, instrucciones de uso. Era una tarea ingente, pero si algo le sobraba eso era tiempo.

 Lo malo era que las personas solían pecar de un grave defecto que invalidaba su deseo de lograr una obra interesante, y es que eran casi todas prosaicas y aburridas, vivían existencias sin relieve, que difícilmente podrían atraer a ningún lector, y mucho menos a sus contemporáneos, acostumbrados a descripciones truculentas de crímenes, a secretos tormentosos y a las regiones gélidas de las novelas negras escandinavas. Bueno, tenía una vecina puta, o eso creía. Vivía justo en la puerta de al lado, en el quinto B. A menudo la visitaban hombres, lo había comprobado espiando por la mirilla cada vez que escuchaba el sonido de la puerta o del ascensor. Muchos hombres, casi todos diferentes, de edades medianas, y bien trajeados. Eso daba qué pensar, pero a fe que no parecía puta. Sino una mujer tan madura como sus clientes, cercana a los cincuenta, con formas voluptuosas (como las maggiorate del cine italiano que habían contaminado de lujuria sus sueños de juventud), y que, más que ver, adivinaba bajo jerséis sueltos de lana o amplias faldas grises de corte casi monjil. Una puta decente, podría decirse, si no fuera contradicción. Siempre le saludaba con amabilidad, era razonablemente guapa y parecía vivir sola, salvo esas visitas esporádicas, que a él le irritaban sobremanera. Reconocía que tenía fijación con ella, y no solo porque rompiera la rutina de la mediocridad del edificio desde hacía un año y medio. A veces pensaba que sería casi un acto de solidaridad sacarla de la mala vida. Podrían casarse; de ese modo no estaría solo para cuando fuera más viejo y empezaran a atormentarle no solo achaques sino esas enfermedades devastadoras e impedimentos físicos que son el entretenimiento de las personas en la última fase de su vida. ¿Por qué tenía que haberse muerto su Juanita en la antesala de la jubilación? Esa fecha ansiada por todo empleado cuando es joven, en la esperanza de que, a partir de entonces, todo será vida alegre, viajes, cruceros, sol, playas mediterráneas, realización de sueños, hobbies aparcados por la rutina y la presión de las horas llenas con trabajo productivo… ¡Todo lo que voy a poder hacer! Y al final, no hice nada.

Pues eso, que solo la señorita Mónica, su putísima vecina, poseía un punto de originalidad. Luego había de todo, pero aburrido: en el quinto, un grupo indeterminado de nigerianos, que no daban problemas, pero a los que imaginaba vendiendo cds pirateados, bolsos de Chanel y Carolina Herrera, y cosas similares más falsas que una moneda de tres euros; una familia convencional con el marido de derechas, que se pasaba el rato criticando al gobierno y echando pestes de los inmigrantes (incluidos sus morenos vecinos), y la mujer, ama de casa de lujo, de las que vigilan a la criada mientras labora; los estudiantes de Erasmus, que rotaban cada cierto tiempo en su piso alquilado…

En otras plantas, se repetía el poco alentador panorama.

Los recién llegados, en cambio, prometían.

Echó un trago de vino tinto al coleto. Sabía que no debía hacerlo mientras tomara medicación para el intestino irritable, y, sobre todo, las pastillas para dormir y para algunos de los variados síntomas asociados al decaimiento físico, que súbitamente le habían empezado a atacar tras el retiro. A él, que había sido tan buen mozo. No había crueldad más grande que el envejecer, pues escindía al hombre entre el anciano que veían los demás, y el joven que uno pensaba ser, por mucho que la fecha de nacimiento del carnet de identidad diera la razón a los primeros. Y él, cuando miraba al espejo, trascendía la imagen y se veía tal y como había sido con cuarenta años, como mucho, que le parecía haber cumplido el día anterior: alto, fibroso, con el cabello carbonífero recortado en torno a las orejas, labios finos y barbilla potente, ambas dos ahora cubiertas por una barba gris, poco tupida, pero que disimulaba el descolgamiento del mentón y las arrugas del cuello con una gran efectividad. Al menos, y eso era un consuelo, conservaba una buena mata de pelo, tan duro que se le ponía de punta cuando le pasaba la afeitadora eléctrica. Siempre había necesitado gafas para leer, de modo que tampoco se notaban en demasía las bolsas de debajo de los ojos. Podría, pues, haber sido peor, mucho peor…

Con congoja, miró el reloj que le habían regalado sus compañeros de trabajo en la cena de despedida. Eso era todo lo que quedaba tras una carrera de cuarenta años como funcionario, el reloj que marcaba las horas del aburrimiento. El reloj que por inercia habían considerado bastaba para saldar sus servicios y su esfuerzo en hacer que los trámites salieran adelante, pese a la inercia de la rutina improductiva.

De pronto, escuchó sobre su cabeza un ruido de muebles que se arrastraban. Los nuevos vecinos, tal y como había intuido, perturbarían su tranquilidad, en compensación a su novedosa presencia. Echó otro trago, y se puso a pasar las notas a limpio. Fuera, tras un súbito oscurecimiento, como de tormenta, la lluvia caía con fuerza.

Valera sintió un escalofrío. Tendría que encender la calefacción por mucha rabia que le diera, o beber más vino. Últimamente, desde finales del año anterior en concreto, la caldera daba problemas. El presidente de la comunidad quería que se cambiara de una vez. Eso significaba pagar más dinero. Los vecinos se oponían a invertir en el inmueble. Tal vez podrían pedir otra subvención, aunque con la crisis sería poco probable que la concedieran. El verano pasado habían cambiado la instalación eléctrica. Un edificio viejo, como un hombre viejo, no tenía mucho remedio, si acaso aplicarse remiendos aquí y allá, hasta que, por fin, cedieran los cimientos y todo se convirtiera en un montón de escombros o en el mejor de los casos en una bonita y romántica ruina.

Aquel edificio había nacido unos cuantos años antes que él, en el año 29, en una época en la que Oviedo, capital del antiguo Reino de las Asturias, después Principado, estallaba en un esplendor arquitectónico propio de ciudades menos provincianas. Se habían construido edificios suntuosos según las modas venidas de Europa (en especial el viento modernista), y pagadas por la pujante burguesía local; se hizo también un ensanche, como era menester para modernizar; y se derribaron símbolos del pasado arcaico. Valera se había informado en la biblioteca municipal sobre estas cuestiones, para darle un poco de pátina histórica a su proyecto literario.

Estaba enterado, pues, de que el arquitecto, un tal Alaric Cazenave de turbia biografía (no se sabía siquiera si era ruso o francés), había visitado Nueva York a principios de los años veinte, y había quedado impresionado por los rascacielos y sus líneas de majestuosa verticalidad, casi desafiantes, luciferinas. Se notaba que había volcado tales impresiones en el edificio, en su tiempo el más alto de la ciudad. Con cinco pisos y un ático, coronados por una torre, a modo de observatorio, y revestidos de mármol blanco, resultaba por entonces una construcción inusual y muy destacable, en una calle flanqueada por casitas de indianos con jardín. Durante el asedio de Oviedo, en la guerra del 36, se había luchado a muerte por su control, dada su calidad estratégica de punto elevado. Algunas crónicas referían cientos de muertos nacionales a sus pies, apilados como fardos, y otros tantos vivos, ametralladora en mano, defendiéndolo en muy duros combates. Hoy en día, encajado entre dos edificios modernos, de factura prosaica, pasaba desapercibido para la mayor parte de los transeúntes que recorrían la calle en busca de alguna compra ventajosa o generalmente vana. Solo desde cierta distancia, con un poco de perspectiva, era posible apreciar esa torre final, con varias alturas prismáticas en disminución, que algunos estudiosos consideraban un remedo de zigurat babilónico, decorado con formas vegetales, entre las que se adivinaban rostros de reptiles o criaturas sin nombre, algunas de los cuales aparecían también por los rincones del inmueble, produciendo sobresalto a las personas no advertidas.

En los años cincuenta se habían dividido los grandes apartamentos en otros más pequeños, para acomodar a más vecinos, casi todos personas pudientes, funcionarios del régimen, médicos, e industriales, con la irrupción más bohemia de un escritor excéntrico, del que pudo averiguar que había sido cura, explorador en África, obsesionado por la búsqueda de la cuna de la vida (el lugar donde, en contradicción grave con la Biblia, creía había Dios insuflado vida a nuestros primeros padres), y luego censor cinematográfico. Pero de la mayor parte del vecindario antiguo no quedaban más que vagos recuerdos en los anales, como si, de pronto, una mano armada con gigantesca goma de borrar hubiera frotado sobre archivos y registros. Ninguna de esas personas estaba localizable en 1970, y quizás desde diez años atrás. Eso le dijo el sobrino del cura, sin entrar en más detalles, cuando le vendió el piso, tan largamente deshabitado.

Valera recordó la alegría que le había producido adquirir ese apartamento hacía cuarenta años, por un precio ridículo, teniendo en cuenta lo céntrico de la calle y la cantidad de metros cuadrados (más de cien). Todos decían que había algo anómalo en que los propietarios de las viviendas, ninguno de los cuales vivía ya allí, quisiera deshacerse de ellas como fuera tras años de infructuosos intentos de venta. Habían llegado a sus oídos historias fantásticas de embrujamientos, o de un caso de poltergeist masivo, protagonizado por fantasmas de los soldados de la Guerra Civil que había alejado a sus moradores tras efusiones ectoplásmicas aterradoras; voces más realistas achacaban los rumores al efecto que la decoración estrafalaria de escalera, portal y dependencias de servicio, ejercía sobre mentes blandas. Otros, hablaban de fallos en la estructura o en los cimientos, amenazas de derrumbe y similares, que nunca se habían comprobado. Él, lo único que había querido saber era cuál era el precio. Sin regatear mucho, había pagado al contado con sus ahorros y los de su esposa, auxiliado por la pequeña herencia de un tío solterón, que había hecho fortuna con los transportes antes de precipitarse con la furgoneta por una ladera del Puerto de Pajares, en una jornada de niebla espesa.

Durante mucho tiempo, permanecieron solos en el edificio, como un par de ermitaños o como la única pareja viva sobre la faz de la tierra. Resultaba sobrecogedor para Cristóbal recorrer las escaleras y rellanos sabiendo que nadie más respiraba tras los muros y las puertas selladas. Quizás si esta situación le hubiera acontecido en la actualidad no hubiera parado hasta averiguar las razones de la espantada, pero entonces era joven, acababa de asegurar un trabajo como funcionario de la Diputación (que años más tarde se transferiría a la comunidad autónoma), estaba recién casado, y era eminentemente práctico: la gente no le gustaba mucho; había que disfrutar de la insólita casi soledad antes de que esta se desvaneciera. Cuando se aburría y su mujer estaba fuera, subía hasta el último piso, abría las puertas del cuarto de máquinas del ascensor o bajaba al cuarto de calderas, en busca de más dibujos de criaturas extrañas; saltaba a la amplia azotea, o se apostaba en lo más alto de la torre, desde la cual contemplaba a los acelerados paseantes de la calle Uría, y a los vehículos que por ella transitaban, y, más a lo lejos, la única torre gótica, casi piramidal, casi egipcia, de la Catedral, que se enseñoreaba sobre las callejas, mansiones barrocas y plazas del Oviedo antiguo.

Poco a poco, con el transcurrir de los años, fueron llegando más vecinos, que, al parecer, desconocían la mala fama de la casa o les daba igual. Sea como fuere, él jamás notó alteraciones paranormales ni tampoco que se abrieran grietas en los muros ni nada que justificara los rumores del pasado. Otros pisos fueron ocupados en alquiler. Puede decirse sin temor a errar que estos resultaron a la postre los más afortunados. Aún hoy en día, pagaban rentas ínfimas y ni se planteaban actualizarlas. Los propietarios hacía tiempo que recurrían a estratagemas para echarlos, como no realizar ninguna reparación, dejar que todo se cayera de viejo, u otras menos confesables. Desde hacía más de diez años, algunos inquilinos recibían cartas amenazadoras e incluso uno de ellos, Tomás Bembibre, había sido agredido en el portal, aunque nunca se pudo demostrar que hubiera sido un sicario enviado por su casero, tal y como él afirmaba. De todas formas, cada dos por tres estaban en los tribunales querellándose uno contra el otro. Por suerte para los dueños, la mayor parte de esos inquilinos que pagaban cincuenta euros o menos por disfrutar de las artísticas y antaño lujosas cuatro paredes de la Casa eran ancianos a los que la Parca no tardaría en sacar de allí sin fuerza alguna.